Tell them I won’t be long
Insertaba agujas en las cortinas naranjas de su recámara. El humo de su cigarro era azul y subía al techo en espirales bailarinas. Cocinaba en ollas viejas, con delantales a cuadros, desmenuzaba pollo y limpiaba frijoles en la mesa de formica. Guardaba un lápiz de labios en la báscula de la cocina. Ibamos a misa y conocía a todo el mundo. Era alta, con el pelo perfecto y fragante, tenía ojos camaleónicos. Escuchaba mis historias sin darme opinión a menos que se la pidiera, mamá jugaba con sus uñas duras que remojaba en nomeacuerdoqué para mantenerlas sanas. Le gustaba quejarse de los programas de chismes de la tele mientras los veía, o escuchaba más bien, porque al final decía que su visión era como si estuviera debajo del agua. En Guanajuato había caminado de tacones por las calles empedradas y más de una vez la habían confundido con alguna actriz. Me rescató de la soledad cuando enfermé de varicela, me aconsejaba paciencia cuando papá me exasperaba. Se burlaba de sí misma, se sabía los cumpleaños de todos y la vida de muchísimos santos. Cuando era niña, me acuerdo, tenía canarios, siempre tuvo violetas africanas. Coleccionaba platos. En su casa tenía un cajón lleno de regalos anónimos. Daba besos tronados, te regañaba agitando el índice derecho y le regalaba paletas a niños desconocidos.
Murió la abuela de P.
De una manera vicaria todas las abuelas son la mia.
31 mayo 2011 a 1:56 pm
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