It starts to make its way upstairs
De niña estaba un poco loca, en serio: me gustaba provocarme fiebres. Es algo terrible, lo sé, patológico incluso. En mi defensa, sólo lo hice tres veces. La primera para ver si de verdad uno se podía enfermar cuando se le pegara la gana; la segunda porque me había cansado de ir a la escuela y en vista de que mi primer intento había sido exitoso…La última vez me salió el tiro por la culata, en lugar de una fiebre de 24 horas o algo así, me dio varicela y estuve encerrada tres semanas con comezón, calcetines en las manos y baños de tina con una medicina en polvo que olía a harina.
Me gustaba tener fiebre no tanto porque me prestaran más atención mis papás o porque no quisiera ir a la escuela, sino porque el techo de mi casa tiene un terminado corrugado (no sé si ese sea el término correcto) y con la fiebre es posible distinguir figuras y dibujos que se mueven y se transforman en otros, como si fuera una animación. Estoy consciente de que es una razón de poco mérito para algo como obligar al cuerpo a enfermarse a los diez años pero era una niña, como ya dije algo loca y un poco tonta y no me parecía tan malo todo el argüende con tal de pasar seis horas de soledad absoluta tirada en la cama viendo figuritas deslizarse por el techo en una extraña especie de stop-motion.
Ya no lo hago, claro.
Me di cuenta que si te quedas viendo el techo por suficiente tiempo también ves cosas.
Derp.
13 agosto 2011 a 1:25 am
yo descubrí lo de las figuritas antes de tener fiebre, por suerte. lo que sí es que me provocaba vómito y hacia todo el teatrito de “me siento mal” para irme de la escuela… lo hice un par de veces y en algún momento pensé en vomitar despues de cada comida para “perder peso” (a los 9 años). pero nunca me comprometí a la idea.
que raro que te gustara alucinar de pequeña. i guess nobody introduced you to lsd.